Pálida luz en las colinas: Ópera prima de un Nobel-Niebla

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Imagen tomada de: http://labestiacaotica.blogspot.com.co

Kazuo Ishiguro

Seguramente muchos lectores ya estarán familiarizados con el boom mediático de Kazuo Ishiguro después del gran reconocimiento que la academia sueca le ha otorgado. Para este punto supongo que los lectores ya saben que es un escritor inglés que vivió en Nagasaki hasta los 5 años y después de esto toda su formación fue en el país de Sherlock Holmes, donde ha ganado distintos reconocimientos por su obra.

Es por esta enorme difusión que prefiero dedicar tan solo 4 líneas a esos asuntos; lo que quiero ofrecer a los lectores es un recorrido breve, una pincelada de tintas oscuras sobre el enorme papel de arroz de la literatura de “el sol naciente”. Nos interesa Ishiguro porque es Nikkei (migrante japonés), porque se ganó un Nobel, pero nos interesa, también, por la maestría estética que alcanza; porque vibra, en ocasiones, el eco de su cultura de origen con una sensibilidad profundísima que hace resonancia de otras cúspides de la literatura japonesa. O al menos ese será nuestro interés si logro persuadirlos a ustedes, los lectores, para que recorran las delicadas páginas de la primera obra de nuestro nuevo nobel: Pálida luz en las colinas.

A grandes rasgos, la historia ocurre en dos momentos simultáneos: en el presente vemos a Etsuko y su hija Niki en una casa rural de Inglaterra, Keiko, la hija mayor de Etsuko, de su primer matrimonio, se ha suicidado; Etsuko aprovecha la visita de su hija menor para tratar de reparar un poco la deteriorada relación entre ambas, a lo largo de la novela los pocos momentos en que el vínculo parece restaurarse, se nos presentan como una suerte de porcelanas delicadas, amenazando constantemente con quebrarse para siempre, delatando la inclemente fugacidad de la existencia.

En el pasado, mientras tanto, en los recuerdos de Etsuko, se nos presenta una Nagasaki que se está recuperando de la bomba como mejor puede; donde las nuevas generaciones luchan con las anteriores por el modelo de sociedad al que se aspira, allí donde los viejos ven perdidas las tradiciones, el honor, y la naturaleza divina del pueblo japonés, los jóvenes ven un nacionalismo que los condenó a todos al más terrible sufrimiento, y buscan ahora un consuelo entre los modelos más americanos. Esta tensión es encarnada con mayor claridad por la visita de Ogata-san, el primer suegro de Etsuko, que constantemente riñe con su hijo Jiro por las ideas derrotistas, por la ingratitud de los jóvenes, y por la pérdida de la piedad filial.

En este mismo pasado, Etsuko entabla una relación de profunda amistad con su vecina Sachiko y Mariko, la hija de esta. Sachiko aparecerá como una mujer enigmática que en el pasado fue una mujer distinguida socialmente, pero ahora se entrega a un tóxico amor con un norteamericano que le vende promesas y esperanzas vanas de un futuro mejor en América; Mariko, por su parte es una niña aparentemente trastornada por los duros eventos que presenció durante la guerra en Tokio, aparece como una pequeña fría y distante que, en ocasiones, abre -aunque poco- su corazón a Etsuko.

La niña, completamente desesperanzada, no siente ningún afecto por el alcohólico novio de su madre y no siente ningún deseo de partir a una nueva tierra, mientras que la madre enloquecida parece buscar todo el tiempo las razones que justifiquen sus deliberados saltos al fracaso. Las complicadas relaciones entre padres e hijos son, entonces, el tema principal que permite que el pasado y el presente sean reflejos en el espejo de la vida de Etsuko; lo que veía en Nagasaki a su alrededor, es lo que vive ahora en Inglaterra: una lúcida conciencia de la infinita fragilidad de las relaciones familiares.

El estilo del libro es sencillo y directo, las frases son cortas y la trama bastante ágil. Los personajes tienen un manejo magistral ya que a pesar de mostrar un gran desarrollo psicológico, no los conocemos por sus digresiones mentales sino por sus acciones y diálogos; cabe decir que a lo largo de la novela pareciera insinuarse permanentemente una naturaleza siniestra oculta en todos los personajes, creando una atmosfera de tensión permanente, que por momentos da la idea de una novela de terror, y en otras ocasiones pareciera una novela negra que invita a sospechar de toda motivación presentada. Sin embargo, no sería atinado presentarla como ninguno de estos dos géneros, así que cederé la consideración genérica a los lectores.

Ahora bien, podemos rescatar en la novela el gran manejo de lo no dicho, el silencio narrativo y el vacío narrativo como técnicas centrales en la creación de la historia recuerdan mucho a Kokoro de Natsume Soseki; al tiempo, Ishiguro se distancia del novelista Meiji al optar por un final abierto, que deja al lector con más preguntas que respuestas, hay detalles -cruciales- que nunca sabremos y que nos obligan a completar el relato con nuestra propia imaginación, este recurso lo utiliza el autor al mejor estilo de Kenzaburo Oe en Renacimiento o del más contemporáneo, Haruki Murakami. Finalmente, esta suerte de terror suave unida a la insinuación permanente de una naturaleza oculta y perversa, entablan un dialogo con autores de la envergadura de Izumi Kyoka o Edogawa Ranpo. Al igual que estos dos últimos, en Ishiguro nunca sabemos si lo terrorífico está en lo sobrenatural o en un rincón del alma y la mente de los personajes.

A pesar de presentar aquí referentes tan diversos como para que el lector conocedor se pregunte como pueden coexistir esas influencias juntas, creo que justamente el talento de Ishiguro reside justamente en el equilibrio tan bien logrado entre ellas. En cuanto a los lectores que aún no conocen estos nombres, pero sí el de Ishiguro, les queda la invitación para expandirse en este mundo sugerente de la literatura nipona. Esa que alguna vez Yoshinori definió con la palabra Yugen, y que describe con tanta precisión a este autor británico-japonés. Yugen lo podemos entender como lo oscuro, lo misterioso, lo oculto o velado, con una violenta sensación de calma, o con un terror tranquilo, engloba lo sobrenatural, lo silencioso y lo irracional o inexplicable.

Creo que quizá este hubiese sido un comentario más justo con la tradición literaria japonesa, que quizá Sara Danius, secretaria de la academia sueca, pudo considerar estas opciones antes de decir que “si mezclamos Jane Austen y Franz Kafka conseguimos Kazuo Ishiguro, añadiendo un poco de Marcel Proust”.

 

Autor: Simón Vieco
Estudiante de Estudios Literarios, UPB
Estudiante de Psicología, UPB

Autor entrada: Masaru

Fundador y director de RyûHiKai Corporación Cultural. Gestor y mediador cultural Colombia – Japón; apasionado por la cultura de Japón, sus tradiciones y manifestaciones contemporáneas, coleccionista de figuras de personajes de Anime y Manga, fanático del anime, el manga, el rock y el pop japonés. Autor, editor y administrador de RyuHiKai.com

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